martes, 17 de julio de 2018

San Benito Abad. La recuperación de una fiesta olvidada

A propuesta del párroco, que no compartía la desidia del vecindario respecto a San Benito, Afammer-Agudo se ha involucrado en el restablecimiento de la fiesta del santo dentro de su proyecto de divulgación y conservación del patrimonio y la cultura locales.
San Benito Abad (480-547), fundador de la orden benedictina,  está considerado el iniciador del monacato occidental. La iconografía le representa con el libro de la Regla, que él mismo escribió para sus monjes, en una mano, el báculo abacial en la otra, el cuervo con un pan en el pico, una copa rota y la mitra, aunque no siempre se acompaña de todos los símbolos. Está considerado patrón de los archiveros, ingenieros, curtidores y agricultores, entre otros, y se le invoca contra las picaduras, veneno, tentaciones y fiebres.
Fue San Benito uno de los patronos de la Orden de Calatrava, pero este hecho no parece haber fomentado su culto por los territorios que disfrutó en la provincia de Ciudad Real ya que, hasta donde sabemos, únicamente es patrón de Agudo y la población que ostenta su nombre.
La memoria popular y unas pocas anotaciones en la documentación antigua nos han transmitido la idea de que las fiestas en honor al patrón de la parroquia y de la propia villa fueron muy celebradas, pero se ha conservado poca cosa sobre los actos y el modo en que se llevaban a cabo.
El censo de hermandades de 1770, ordenado por el ministro Aranda, recoge algunos datos sobre asociaciones religiosas locales que nos llevan a considerar la festividad de San Benito como una de las más rumbosas, por delante de la Virgen de la Estrella, San Juan o San Roque, entre otros (sobre la Virgen del Rosario y el Santísimo no incluyen costes). También hay un voto de villa por el título del Patrono y Señor San Benito en el que por señores de su Ayuntamiento anualmente se nombra un sugeto con el cargo de Prioste quien tiene la obligación en la festividad de dicho Santo de matar un toro como gasto hascenderá a cien escudos o reales  poco más o menos, y además hace su convite a los de Ayuntamiento este a su arvitrio. Del texto insertado cabe deducir que en esos momentos los festejos eran sufragados por un solo individuo, aunque en otro documento se refleja el gasto de un toro compartido con los de San Benito, lo que parece indicar la existencia de un grupo.


En los inventarios de bienes registrados entre 1879 y 1925 se recogen nada menos que tres imágenes del santo en la iglesia parroquial. Presidiendo el lienzo central del presbiterio anotan un cuadro con el nombre de Éxtasis de San Benito; a tenor de una fotografía conservada, la pintura es de tamaño considerable. Además en el retablo de la Virgen del Carmen se anota una imagen del patrón, de bulto redondo, con mitra, báculo de madera, y el cuervo y un niño a sus pies. Finalmente, registran otra imagen en la sacristía, con báculo y mitra. Ninguna otra figura religiosa se repite en la iglesia si exceptuamos las diferentes advocaciones marianas (Rosario,  Dolores, Caridad, Carmen, etc.) y las representaciones de los episodios vividos por Cristo (Niño, Nazareno, Crucificado, Resucitado, etc.).
Salvo la adquisición de un toro, a medias o entero, no conocemos el modo en que se desarrollaron las prácticas lúdicas y cultuales por lo que, siempre de acuerdo con el cura, se decidió comenzar los festejos con una misa seguida de media procesión y una colación a los asistentes al término de los actos religiosos. Sobre la misa no hubo dudas, pues es preceptiva en cualquier evento religioso.
La procesión no está documentada, aunque es bastante probable que la hubiera, puesto que tienen dos imágenes de bulto redondo, junto con el cuadro que preside la iglesia.  Además deber tenerse en cuenta que el prior de Agudo era del hábito de Calatrava y, como se recoge en las Definiciones de 1661,  El glorioso patriarca San Benito es primero y principal padre y patrón de esta santa Orden, y así es justo que los hijos de ella le reconozcan por tal y se alegren espiritualmente en su festividad. Se ha optado por media procesión porque es lo que se recuerda de las fiestas más antiguas que aún perduran (San Juan, San Roque, San Antonio, la Octava), con la excepción del Corpus, lógicamente.
Rematar con un pequeño refrigerio en la que fuera la plaza principal de la villa se consideró un final apropiado para la celebración. En ese espacio público nuestras gentes han realizado capeas, verbenas y otros eventos festivos hasta bien mediado el siglo pasado. A ello añadiremos el excelente marco que proporcionan dos de los edificios más emblemáticos de la población, la parroquia y el ayuntamiento viejo.


Mientras se gestionaba el conjunto de actos, se tuvo acceso a las hojas parroquiales que D. Alfonso Axpe escribió  en la década de los sesenta con el nombre de La Voz de la Parroquia. Por ellas se supo que él también se propuso restablecer la celebración del patrón y organizó  un ramo con el fin de recolectar algún dinero para solventar pequeñas algunas necesidades de la parroquia (el año pasado se publicó una transcripción  del texto original).
El ramo es una vieja costumbre que forma o formó parte de los actos de un buen número de celebraciones religiosas locales. Su propósito inicial fue la participación en los gastos de mantenimiento del santo festejado. Hasta donde conocemos, tienen o tuvieron ramo El Corpus, San Antonio, San Juan, La Virgen, la Virgen de Guadalupe, El Cristo y El Nazareno. Desconocemos si esta práctica formó parte de los actos realizados en honor de San Benito, aunque nos pareció interesante recuperar la idea de D. Alfonso y, de paso, recabar unos cuantos euros que contribuyan a mejorar el estado en que hoy se encuentra nuestra iglesia. En cualquier caso, una fiesta sin aparato lúdico no suele prosperar y el piscolabis del ramo tiene su encanto.

     La foto antigua es anterior al verano de 1936 y me la pasó Tomás Muñoz. El contenido del cuadro de San Benito no se aprecia, aunque la imagen sirve para demostrar que no había retablo mayor. Las fotografías en la fachada del ayuntamiento viejo corresponden al ramo de este año. El texto del censo de Aranda lo he tomado del blog se Salva Jiménez, al que agradezco el enorme favor que nos ha hecho a la gente de Agudo, recopilando y divulgando unos datos que desconocíamos.

lunes, 7 de mayo de 2018

Recuerdos de comunión



A lo que parece fueron unas monjas españolas las que crearon la técnica del papel repujado hace ya más de dos siglos. Es por ello que en algunos países a las tarjetas ejecutadas con ese procedimiento se les denomina tarjetas españolas.


Su ejecución no requiere de grandes habilidades ni desembolsos. Papel vegetal, unos pocos útiles sencillos y cierta dosis de paciencia es todo lo que se necesita para realizar cualquier proyecto por complicado que parezca.
Seguramente sean las tarjetas los trabajos más generalizados, aunque también dan mucho juego detrás de un cristal, ya sea en cajas o delimitando una fotografía. A mí me gustan con fotos antiguas, de bautizos, comuniones y bodas, preferentemente con imágenes en blanco y negro o sepia.
Las comuniones de este año tendrán lugar en dos semanas; si alguien tiene ganas de ponerse con ello, ahí dejo algunas ideas.

lunes, 26 de marzo de 2018

Los buñuelos


[El presente artículo se realizó en marzo de 2015 y se publicó en Agudo-joven  pocos días después. Con motivo de la desaparición de la citada web, se ha decidido incorporarlo a este blog, donde existe una sección dedicada a la gastronomía tradicional. Cabe señalar que este texto muestra ligeras modificaciones respecto al original].

Hasta no hace tanto tiempo, la Cuaresma constituía un periodo obligatorio de ayuno y abstinencia de determinados alimentos, que incluían carnes, grasas animales, huevos y lacticinios, por lo que la gente, seguramente, debió utilizar una buena dosis de imaginación con el fin de elaborar viandas originales sin saltarse los rigurosos mandatos de la Iglesia; prueba de ello son los libros de recetas culinarias dedicados en exclusiva a este tipo de preparaciones.
Sin lugar a dudas, los buñuelos pueden considerarse un producto extraordinario, apto para las más destacadas celebraciones –no hay más que mirar la foto para convencerse de ello–  ya sean de carácter religioso o profano, y ofrecen la ventaja de ajustarse a las normas impuestas por la religión. Sus ingredientes son bien sencillos: aceite de oliva (no disponían de otro), agua (del Orejudo o del Caño, supongo), vino (no fue considerado un producto nutritivo y resultaba compatible con ayunos y abstinencias), harina (molida en los molinos del río Agudo, si corría, o en los de Riofrío, que eran más seguros; a mediados del siglo XX ya se molía en la fábrica), cáscara de naranja (la temporada de esta fruta no siempre coincidía con su demanda y las mondas se conservaban secándose en el humero), matalahúva y miel (desde antiguo existió tradición colmenera en Agudo).  Aunque los buñuelos fueron típicos de Semana Santa y Carnaval, a menudo un olivarero se los prometía a la cuadrilla, que había intervenido en la recolección de la aceituna, al término de la campaña. En agosto fueron privilegio de La Virgen, que se los ofrecía a todos aquéllos que aportaban un donativo, casi siempre en especie, para la subasta del ramo del día quince.
Por mi madre sé que los que se hacían a mediados del siglo pasado eran más pequeños que los de ahora, seguramente tendría mucho que ver la economía, aunque también la harina debió influir bastante, porque tresnar la masa no constituyó un problema a unas personas que conocían el modo tradicional de hacer pan. No conozco ningún producto que se asemeje a nuestros buñuelos, lo más parecido que he visto son los pestiños extremeños y andaluces; en ambos casos parten de un círculo o un cuadrado de masa muy fina que cierran, uniendo dos extremos. Nosotros formamos un óvalo, que cerramos por los extremos más alejados y estiramos, tirando de los lados que quedan libres, hasta darles la forma definitiva. El acabado de los pestiños que derivan de un círculo parece presentar algunas analogías formales con nuestros buñuelos, aunque las considerables diferencias entre el grosor de la masa  y el tamaño de la pieza dificulten la valoración de aquéllas. En todo caso, conviene recordar que el ser humano es más proclive a copiar que a crear y no debemos perder de vista que, geográficamente, Agudo se halla junto a un antiguo eje de caminos, Córdoba-Toledo y La Mancha-Extremadura, por donde transitaron, además de viajeros, cualquier cosa que pudiera viajar a lomos de una caballería o en la mente de aquél que la guiaba. En cualquier caso, es justo reconocer el punto de habilidad necesario para elaborar una pieza tan delicada como el buñuelo local.

Bibliografía:
-Cofradía Extremeña de Gastronomía (1985): Recetario de cocina extremeña. Estudio de sus orígenes. Badajoz
-Doménech, I. y Martí, F. (1914): Ayunos y abstinencias. Cocina de Cuaresma. Madrid.
-Lassus, P. L. (1905): Cocina práctica de Cuaresma. Barcelona.


domingo, 1 de octubre de 2017

La Virgen del Rosario y los auroros

Acta de fundación de la hermandad de Nuestra Señora del Rosario, 1575

         La cofradía se estableció en 1575 y continúa vigente en nuestros días. Desde los primeros momentos mantuvo sus puertas abiertas a todos los fieles cristianos, sin aparentes distinciones de sexo o estado, siempre que se comprometieran a rezar una vez a la semana todo el Rosario de Nuestra Señora que es quince veces el paternóster y ciento cincuenta avemarías.

lunes, 21 de agosto de 2017

El medio físico


Medio físico


         El término municipal de Agudo, situado en el límite occidental de la provincia de Ciudad Real e incluido en la región natural de los Montes, ocupa una extensión de 22.731 Has., que abarcan casi toda la depresión anticlinal de Agudo y parte de las sierras adyacentes.

El valle del río Agudo y, al fondo, La Morra y las alineaciones montañosas septentrionales

martes, 8 de agosto de 2017

Utillaje culinario I

Jarros de cobre documentados en Agudo


La funcionalidad y la versatilidad son, seguramente, las características que mejor definen el menaje tradicional usado en la cocina y el almacenaje de alimentos. Unos pocos utensilios con tamaños muy variados han bastado para realizar la mayor parte de las tareas relacionadas con su preparación y conservación. La olla de echar en pringue, la torreznera, la tapadera del jarro de cobre, la panerilla de rajar las migas y algún otro integran el escaso material con función específica.

El jarro de cobre

El desgaste frontal en el aro de la base de los jarros de cobre antiguos (imagen superior) demuestra que éstos pasaron buena parte de su vida útil arrimados al fuego. El cocido, elaborado a la lumbre en puchero de barro, necesitaba un aporte constante de agua templada para que no se pegaran los garbanzos y el único modo de proporcionársela era manteniendo, mientras durase la cocción, un recipiente con agua junto a las brasas. El jarro de cobre, bien documentado desde 1850, podría haberse usado con ese fin a tenor de lo sucedido en las décadas posteriores. Aunque desconocemos su evolución tipológica, se ha conservado un ejemplar considerado viejo en un inventario de 1884, es más esbelto y presenta un perfil más suave que cualquier otro de los que he tenido ocasión de contemplar (imagen superior, pieza situada a la izquierda); además, ostenta  la típica tapadera perforada a modo de boca de regadera que se utilizó para humedecer las migas. En Peñalsordo (Badajoz) he observado un recipiente cerámico con una boca muy especial (imagen inferior) y me han asegurado que sirvió para mojar las migas, pero ignoro su fecha de fabricación; no muestra evidencias de haber estado junto al fuego ni parece muy apropiado para beber “a morro”, tal y como sucedió con las cantarillas, que se colocaban junto a la piedra del humero, por lo que ignoramos si tuvo alguna otra función. No nos consta que en Agudo hubiera piezas semejantes, aunque no debemos olvidar que el barro es una materia prima muy frágil y su durabilidad es más limitada que la del cobre.

Recipiente documentado en Peñalsordo (Badajoz). Fotografía de Juan F. Cerrillo